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El 4 de octubre de 2020 las redes ardían preguntándose cuánto dinero había perdido Mark Zuckerberg en esas horas de caída de Facebook, aunque realmente tendrían que haber ardido preguntándonos qué nivel de dependencia a estas redes tenemos nosotros como sociedad.
El escándalo tras la intervención de Frances Haugen no ha tenido una repercusión tan grande como la que podría haber tenido, ¿por qué será?, ¿es que ya sabemos lo perjudiciales que son estas redes para nosotros pero hacemos caso omiso?
Las redes sociales tienen muchos puntos positivos, sobre todo en estos tiempos tan duros de pandemia que hemos (y seguimos) viviendo. Nos han conectado a nuestros seres queridos cuando no podíamos hacerlo físicamente, las videollamadas nos han unido, las fotos de crear tu zanahoria y los vídeos de nuestros vecinos cantando nos han hecho sentir más fuertes.
También es cierto que la dependencia que estas redes generan, sobre todo en el público joven, pueden llegar a limitar incluso su vida. Pueden llegar a ser muy tóxicas, incluso venenosas, y son muchos los que se han sentido liberados de esta presión durante las horas que duró la caída del sistema.
No deberíamos sentir una liberación de algo que supuestamente nos conecta, ya que la conexión entre personas tendría que ser siempre algo positivo y nunca un impedimento para que tu vida transcurra con normalidad.
Las redes sociales pueden aportarnos numerosos beneficios, pero como todo en la vida, hay que tener conciencia y hacer un buen uso de ellas. Las redes deberían ser un reflejo de la vida, teniendo cuidado de que no se conviertan en una fórmula aparentemente perfecta que cause frustración.
Facebook se encuentra en uno de los momentos más delicados desde su creación en el año 2004, por lo que ahora más que nunca, la empresa debe trabajar en su imagen de marca, y para ello deberá poner al consumidor en el centro de su estrategia, conociendo y teniendo en cuenta sus necesidades como persona, no como usuario.







